Capitulos 3 y 4
Capítulo III: El laberinto del San Bernardo
El 15 de febrero no trajo consigo una tregua del clima, sino la misma neblina densa que solía morder los cerros orientales de Bogotá. Para Andrea, Ana y Ary, cumplir los dieciocho años no significaba la conquista de la libertad, sino el desahucio formal del orfanato. Las monjas les entregaron sus escasas pertenencias en bolsas de plástico negro. No hubo abrazos de despedida, solo un rezo mecánico de la madre Caridad que sonó más a un trámite aliviado que a una bendición.
En la puerta del internado las esperaba Rebecca. Tenía la piel ajada por el cigarrillo y una mirada felina que pretendía ocultar tras una sonrisa excesivamente pintada de labial carmín.
—Alienten esa cara, mis muchachas —les dijo, acomodándose un abrigo de piel sintética que olía a naftalina—. La vida afuera es dura, pero conmigo les vienen cosas mejores. Muévanse, que el taxi nos cobra por minutos.
El trayecto hacia el barrio San Bernardo no tomó más de diez minutos, pero para las tres hermanas, sumidas en el mutismo de sus traumas, se sintió como el descenso definitivo a un foso. Al bajar del vehículo, el hedor del sector las golpeó de frente: una mezcla penetrante de orina, basura quemada y el humo denso de los caños. "Sanber", como le decían en la calle, era un enjambre de casas republicanas, viejas y señoriales, cuyas maderas crujían bajo el peso de un glorioso pasado y un presente miserable. En las esquinas, espectros humanos de miradas perdidas y ropas raídas vigilaban el territorio. San Bernardo colindaba con la crueldad absoluta de El Cartucho y las chatarrerías de Las Cruces; un ecosistema donde la compasión no cotizaba.
La casa de Rebecca era una mole de dos pisos con la fachada descascarada. El flujo de personas en la entrada era incesante: hombres de saco y corbata sucia, mujeres con faldas demasiado cortas y jóvenes con el temblor de la abstinencia en las manos. Al cerrar la enorme puerta de madera, Rebecca se despojó de su amabilidad de tía lejana.
—Bueno, niñas, aquí las cosas son claras —dijo, encendiendo un cigarrillo Pielroja—. Yo les doy techo, pero acá nadie vive gratis. Tienen dos caminos: o me ayudan abajo con el aseo de la casa, lavando la ropa y la inmundicia de las piezas, o me trabajan arriba, en un empleo mucho más redituable con el que pueden ascender rápido. Ustedes escogen.
Ana, cuyo instinto esotérico aún vibraba bajo el dolor, observó los cuartos del primer piso: colchones mugrientos en el suelo donde se alquilaban turnos de minutos para las prostitutas de la zona y las "ollas" de vicio.
—Muchas gracias, señora Rebecca, pero nosotras nos vamos —dijo Ana, dando un paso hacia atrás.
Rebecca soltó una carcajada seca, expulsando el humo por la nariz. Su rostro se transformó en una máscara implacable.
—¿Se van? ¿Y a dónde, pendejas? Me deben la carrera del taxi, el almuerzo que les tengo guardado y el derecho de piso. Así que me trabajan a las buenas... o me trabajan a las malas. Aquí nadie se vuela.
Los primeros días fueron una tortura de humillación física. Rebecca las confinó al sótano, obligándolas a dormir sobre espumas húmedas tiradas en el piso, alimentándolas con las sobras de los almuerzos de los inquilinos. Sus jornadas consistían en restregar sábanas manchadas de fluidos y sangre, limpiando la bajeza de un submundo que las asfixiaba.
Una noche, Rebecca bajó con una botella de aguardiente en la mano y tres vestidos de lentejuelas brillantes que reflejaban la luz mortecina de la bombilla.
—Miren, niñas, vengan arriba —les susurró, suavizando la voz—. Ganan buen dinero, comen lo que quieren y viven como reinas. Vean que tengo unos clientes con mucho billete, señores importantes que las han visto de reojo y están muy interesados en caras nuevas. Dejen la pendejada. El hambre duele más que el orgullo.
El hambre, la debilidad y el hastío de la miseria terminaron por romper la última resistencia. Esa misma noche, las tres hermanas cruzaron el umbral hacia el piso superior.
El alcohol fue su primer anestésico. En las fiestas clandestinas de la planta alta, entre el humo del tabaco y la música tropical que retumbaba en las paredes de la vieja casona, Andrea, Ana y Ary descubrieron que el desorden adormecía los recuerdos. Aprendieron rápido las reglas del oficio: sentarse en las piernas de hombres mayores, reírse de sus chistes grotescos y, la mayoría de las veces, emborracharlos tanto hasta que perdían la conciencia, simulando al despertar que "algo" había pasado para cobrar la tarifa completa sin entregar el cuerpo.
Pronto, los vestidos sencillos del orfanato fueron reemplazados por tacones altos, maquillaje recargado y ropas brillantes. Sin embargo, para aguantar el ritmo de la noche y el asco que les revolvía las tripas, empezaron a probar las sustancias ilícitas que corrían como agua en la casa. Comían bien, compraban perfumes costosos y artículos suntuosos en un intento desesperado por llenar el vacío de sus almas rotas. La inocencia del internado se había disuelto en los límites difusos de las zonas de tolerancia de Bogotá.
Capítulo IV: La herencia de sangre y el reencuentro de las sombras
La aparente estabilidad de "La Casa de las Multiplex" —como empezaba a conocerse el lugar— se quebró una tarde de abril. Una ráfaga de viento frío azotó las ventanas del segundo piso justo cuando el rugido de una motocicleta se detuvo frente a la fachada. Dos hombres armados y con los rostros semicubiertos irrumpieron en la sala principal. Sin mediar palabra, uno de ellos apuntó a Rebecca y disparó dos veces. Los estallidos ensordecieron el lugar. Un proyectil le destrozó la pierna derecha y el otro se alojó en su abdomen.
Mientras los atacantes huían perdiéndose en el caos del San Bernardo, Andrea, impulsada por un instinto protector que no sabía que poseía, corrió hacia la mujer que se desangraba en el suelo. Presionó la herida del vientre con sus propias manos y, con la ayuda de un cliente asustado, la subió a un taxi rumbo al Hospital de Caridad San José.
Durante las semanas siguientes, Andrea no se despegó de la cabecera de su cama en la fría sala común del hospital. Ese acto de lealtad inesperado terminó por quebrar la coraza de Rebecca. Una madrugada, debilitada por la fiebre, la madama tomó la mano de Andrea.
—Esto fue un mandado, mija... —susurró Rebecca con la voz quebrada—. Uno de los duros de El Cartucho quiere quedarse con mi esquina y con la casa. Me quieren sacar del negocio... Pero yo no tengo familia, no tengo a nadie en este mundo.
La mujer hizo una pausa, conteniendo un gemido de dolor, y continuó:
—Apenas me den el alta, vamos a ir a la Notaría. Les voy a dejar esa casa a ustedes tres. Está endeudada y medio destruida, pero es suya. Es lo único que tengo. Ustedes se han portado como unas santas conmigo a pesar de lo mal que las traté... y sé que han rezado por mí.
El gesto conmovió profundamente a las hermanas. Al regresar a la casona, Ary, Andrea y Ana pasaron de ser las muchachas de servicio a convertirse en la mano derecha de la mujer. Pero la tregua de la calle dura poco. Una semana después de firmar las escrituras en la Notaría, los sicarios regresaron para terminar el trabajo. Rebecca recibió tres tiros en la cabeza en la entrada de su propio negocio. Murió al instante, sobre el asfalto frío del San Bernardo.
A los tres días del entierro, un Mercedes-Benz último modelo, reluciente y negro como el azabache, se detuvo frente a la vivienda. De él descendieron tres guardaespaldas armados que abrieron la puerta trasera para un hombre impecablemente vestido con un traje gris de paño italiano. Era Andrés Divaldi, un reconocido y temido mafioso de la capital, dueño de los principales burdeles de la zona y de las redes de distribución de armamento en el centro.
Divaldi entró a la casa pisando con desprecio el suelo de madera. Miró a las trabajadoras y a los inquilinos que se agolpaban en el pasillo.
—Tienen hasta la medianoche para desocupar este moridero —dijo con una voz gélida y pausada—. Rebecca ya no está, y el nuevo dueño de este predio soy yo.
Cuando el mafioso se disponía a bajar las escaleras para retirarse, tres figuras le cortaron el paso en el descanso. Ary, Ana y Andrea lo miraron fijamente.
—Esta casa no es suya —dijo Andrea, sosteniendo el documento notarizado frente a los ojos del hombre—. Rebecca nos la dejó a nosotras. Así que usted no tiene nada que hacer aquí.
Divaldi observó el papel y luego clavó sus ojos oscuros en las jóvenes. Una sonrisa torcida y peligrosa se dibujó en sus labios.
—Muchachitas... ustedes no tienen la menor idea de con quién se acaban de meter. Han cavado su propia tumba.
Ana, recordando la profecía que la atormentaba desde los días del colegio, dio un paso al frente y le sostuvo la mirada sin pestañear:
—Pues la cavamos... y usted también se va a ir en ella.
Andrés Divaldi guardó silencio, dio la vuelta y salió de la propiedad envuelto en una furia sorda. Al subirse a su automóvil, sacó un pesado celular Nokia y marcó un número privado.
—Habla Divaldi. Averigüeme quiénes son las tres perras que se quedaron en la casa de Rebecca. Me las exterminan lo antes posible. Necesito ese terreno limpio esta misma semana.
Ajena a la orden de muerte, la casona celebró esa noche. Las muchachas festejaron la resistencia frente al capo con alcohol y música. Al día siguiente, Ary, la más hábil de las tres para administrar las cuentas y el dinero del negocio, aceptó salir con un cliente elegante: Emilio Bejarano, un joven abogado de buena familia con marcadas aspiraciones políticas.
Después de almorzar en un exclusivo restaurante cerca de la Plaza de Bolívar, Ary caminaba de regreso del brazo de Emilio. Al llegar a la esquina de la Catedral Primada de Bogotá, bajo un cielo gris que amenazaba lluvia, su mirada se clavó en una silueta famélica que revisaba una bolsa de basura junto al andén. El muchacho era inusualmente alto, extremadamente delgado y caminaba encorvado, vistiendo unos harapos cubiertos de hollín.
—¡Leonardo! —gritó Ary, soltándose del brazo del abogado.
El indigente volteó lentamente. Sus ojos, nublados por el efecto del bazuco, tardaron unos segundos en enfocarla, pero al reconocerla, un brillo de humanidad regresó a sus pupilas. Ary lo rodeó con sus brazos, ignorando el olor a calle y la costra de mugre de su piel. Leonardo la abrazó con fuerza, rompiendo en un llanto silencioso que no había podido soltar en meses.
—Mire cómo está, mi chino... ¿Qué le pasó? —preguntó Ary con el corazón arrugado.
Con voz temblorosa, Leonardo le resumió su caída al submundo: el desierto de El Cartucho, las noches de frío metido en un cambuche entre las ruinas de una casa abandonada y sus días de delirio rondando la oscura iglesia gótica de Las Cruces, donde la gente de la calle lo conocía bajo el alias de "El Sami".
Ary miró a Emilio Bejarano. Con su astucia natural, le explicó al abogado que ese muchacho era un hermano de la vida, un alma brillante que la calle había devorado por desgracia. Conmovido por la escena y queriendo impresionar a Ary, Bejarano sacó un fajo de billetes de su billetera.
—Tome, Ary. Llévelo al San Andresito de San José. Cómprenle ropa limpia, denle un baño, vístanlo como un ser humano y denle de comer.
Así lo hicieron. Unas horas más tarde, un Leonardo transformado, con ropa nueva pero aún con la mirada asustadiza del trauma, entraba por las puertas de "La Casa de las Multiplex". Al verlo, Ana y Andrea gritaron de alegría y corrieron a su encuentro. Las tres hermanas lloraban y reían al mismo tiempo. El rompecabezas trágico del destino volvía a unirse. La profecía del tarot se cumplía: los cuatro estaban reunidos de nuevo para hacerle frente a la destrucción.
Reunidos en una de las habitaciones privadas del segundo piso, las lágrimas volvieron a brotar de forma inevitable. Las tres muchachas le confesaron a Leonardo el horror que habían vivido la noche en que "Los Kraken" asaltaron el orfanato y destrozaron sus vidas. Leonardo, con las manos temblorosas y la voz entrecortada, les relató por primera vez la emboscada en los pastizales secos de las lomas de Cazucá y la humillación que lo había empujado a convertirse en un fantasma de la calle. Los cuatro se fundieron en un abrazo cerrado, un quiebre de almas que encontraba en la unión su única fuerza.
Al terminar el desahogo, Andrea le habló sobre la amenaza de Andrés Divaldi y la sentencia de muerte que pesaba sobre ellas por la propiedad de la casa. Al escuchar el nombre, el rostro de Leonardo se tornó pálido. Su experiencia en el infierno de El Cartucho le había enseñado las jerarquías del crimen urbano.
—Ese tipo es el diablo, muchachas —dijo Leonardo, con una seriedad que las asustó—. Divaldi controla las armas y el vicio pesado en el centro. Si dijo que las va a exterminar, lo va a hacer. No está jugando.
El joven se puso en pie, enderezando por primera vez su encorvada postura.
—Tenemos que movernos ya. En El Cartucho yo me gané la confianza y la amistad de "Pluma Blanca", uno de los jefes más pesados de las galladas de la zona. Él es un paisa joven, lleno de tatuajes, con cara de niño bueno pero más peligroso que cualquiera. Él me respeta. Tienen que venir conmigo al Cartucho esta misma tarde; Pluma Blanca nos puede ayudar a conseguir los fierros para defendernos de la gente de Divaldi.
Pocas horas después, el grupo cruzaba las fronteras invisibles de El Cartucho. El ambiente se tornó denso, cargado de una hostilidad que se podía cortar con un cuchillo. Los "moscas" —los temidos campaneros y cuidadores que custodiaban las entradas del sector armados con puñales y revólveres bajo las ruanas— se tensaron al verlos venir.
Miraron a las tres muchachas vestidas con ropas suntuosas y luego fijaron sus ojos en Leonardo. Ninguno de ellos podía creer que ese joven limpio y bien vestido fuera el mismo "Sami", el habitante de calle moribundo que solían ver arrastrarse por las aceras. Pensando que se trataba de una infiltración de la policía o de jóvenes acomodados buscando comprar sustancia en la olla equivocada, los moscas cerraron el paso, listos para desenfundar las armas, mientras uno de ellos corría hacia el interior de las ruinas para avisarle al Pluma Blanca sobre la presencia de los extraños visitantes.


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